Friday, January 4, 2013

Primer Encuentro



Mi Amo me ha ordenado que escriba sobre nuestro primer encuentro..

Ciudad de México
Paseo de la Reforma



Finalmente mis pies tocaban suelo mexicano. Hacía varias horas que había caído el manto de la noche y mi Amado estaba allí en el mismo Hotel, aguardando por mí en alguna habitación del piso superior confiando en que acudiría a nuestra cita. Sería la primera vez que nuestros cuerpos se tocarían de la manera íntima que ambos llevábamos tanto tiempo fantaseando, pues la distancia que hasta ese momento había estado de por medio, dejaba un vacío que sólo era mitigado por la promesa de nuestra mutua necesidad siendo satisfecha. Y era tal la ansiedad que padecía allí, sola en el cuarto de baño de mi recámara, que no dudé en volver a repasar cada detalle de mi cuerpo buscando cualquier cosa que a Él pudiera desagradarle; aunque había afeitado mis piernas el día anterior al vuelo, volví a repetir la tarea, Él merecía disfrutar de toda la suavidad posible bajo sus sagradas manos. Peiné mi cabello -que en aquél entonces era rojo- una y otra vez hasta que estuve contenta con el resultado; me pregunté si debía usar maquillaje, pero recordé que a mi Señor no le agradaba el aroma y mucho menos el sabor artificial que dejaba en los labios, por lo que simplemente dibujé  en mis ojos con el lápiz delineador, esos "rabillos" felinos que tanto me gustaban y que tuve que corregir un par de veces, porque mi cuerpo antes que mi mente sabía que el momento había llegado. Mis manos temblaban, me apoyé sobre el lavabo para recuperar el aliento, miré mi reflejo pero la chica que me devolvía la mirada no estaba asustada, sonreía radiante sabiendo que dentro de unos minutos se entregaría al hombre de sus sueños, no a un cualquiera. Tras inspirar profundamente salí al corredor.

Ni un alma había en el pasillo, lo cual era bueno porque yo apenas llevaba una camisola de raso color azul profundo, a juego con la bata. Silenciosos eran mis pasos mientras me deslizaba escaleras arriba. No recuerdo si llevaba o no sandalias, yo sentía que flotaba; era vapor evanescente impelido por el deseo, no por el viento. Y ya ante aquella puerta, detrás de la cuál me encontraría cara a cara con mi destino, supe que no había otro sitio en el mundo en el que quisiera estar; aunque fuese yo un sacrificio con forma de doncella para aplacar la ira de un Rey o una Bestia, de hecho... Tal perspectiva me excitó. Di un par de golpecitos a la puerta, ya estaba hecho, llegué al fin del camino y sólo quedaba esperar.

Pero mi Amo no respondió con demora. En menos de diez segundos la puerta se abrió y de la oscuridad emergió su silueta erguida en toda su altura; la camiseta negra, sus cabellos color azabache, la barba haciendo contraste con su piel blanca... Pero lo más impactante eran sus ojos, negros... Pura magia negra y seducción hecha hombre. Dejé de respirar en  ese instante, completamente absorta durante lo que me pareció toda una eternidad, hasta que el hechizo fue roto por el sonido de su voz.

- Veniste...- Dijo.
- Claro que si - Le respondí yo casi en un suspiro.

Me pregunté como era posible que llegara a pensar que yo podía plantarlo, pero recordé mis errores pasados y en silencio me juré a mi misma que haría lo imposible para no decepcionarlo.

El verlo allí frente a mí, un delirio materializado, doblegó todo anhelo egoísta. Sentí la imperiosa necesidad de complacerlo.

Cuando me di cuenta ya estábamos adentro. Él cerró la puerta y pasó el pestillo. Yo, sin pensármelo dos veces me arrodillé ante mi Señor, dejándome llevar por un instinto desconocido e inesperado, que barrió con la lógica y exigía una demostración de devoción en la que el placer de Él sería la máxima meta, y el mío su consecuencia. Pero al momento de empezar a desabrochar su pantalón, Él me detuvo.

- No hagas eso

¿Acaso habría hecho algo mal? No me atreví si quiera a mirarlo debido a la vergüenza de creer que me había equivocado. Tal vez pensaba que era yo demasiado guarra y que sólo quería sexo.

Me tomó por las manos para ayudar a que volviese a ponerme en pie, y sin más preámbulo unió su boca a la mía con el sentimiento ambiguo de la pasión posesiva queriendo ocultarse tras una máscara no menos honesta de ternura. Con ese beso mi Señor asió las riendas de mi cuerpo y me guió hasta la cama; con sus grandes manos fue deslizando la tela de la bata, apartándola de mis hombros; noté la transición de sus emociones, del amor más cuidadoso, al deseo a duras penas contenido cuando dejó caer al suelo la camisola azul y descubrió mi lencería negra. Sólo entonces recordé que decidí dejármela puesta ya que intuí que el detalle sería de su agrado, y su expresión corroboró esa sospecha.


Si ya estando acostada me sentía íntimamente vulnerable, cuando él me despojó de las bragas estuve completamente indefensa. Yo además había  rasurado mi sexo, lo que contribuyó a dicha sensación. Estaba expuesta.

Una ofrenda.

Respiraba como si hubiera estado corriendo kilómetros, y en ese segundo que él se hincó separándome las piernas creí que moriría de la desesperante ansía.

Su lengua comenzó a consentir mi sexo, y a pesar de que mi cuerpo agradeció tan necesitada caricia, al principio no pude disfrutarla plenamente porque me debatía con la idea de que no debía ser complacida antes que mi amado... Extraño pero cierto. Mas, enseguida entendí que si así él lo dispuso yo no era quien para negarle su antojo. Y me dejé llevar... Fue como volver al Edén; me llevó al nirvana en sólo un momento.



Intercambiamos lugares, él se acostó en la cama con su miembro ya afuera, duro. Se me hizo tan apetecible que prácticamente -y en mi estado de excitación- me abalancé sobre Él como una leona hambrienta. Al lamerlo no percibí el aroma desagradable ni el sabor que secretamente había estado esperando, en lo absoluto; todo en mi Amo era sensualidad, diferente a todo lo que había llegado a entrever durante una juventud de curiosidad libidinosa.



No se dejó venir en mi boca, Él tenía otros planes antes de eso. Así que me recordó la manera en la que quería que yo me entregara, porque no me tomaría Él a mí... Su doncella llevaría a cabo dicho ritual.

Con los nervios a flor de piel, me coloqué a horcajadas sobre su cuerpo, dejando mi sexo justo sobre su miembro. Y sin saber lo que hacía pero con una sonrisa inocente en el rostro, tomé su pene con mi mano e intenté sostenerlo para que entrase poco a poco en mi vagina. Una vez sin éxito y la siguiente siendo sorprendida por un dolor que no era ajeno a la "teoría" que conocía ya, pero que seguía siendo incomprensible. Me dije a mi misma que pasaría, y aunque éste no hacía otra cosa que empeorar, recordé mi juramento, no podía echarme para atrás por lo que continué hasta que me hube enterrado totalmente en su pene. Estaba contenta, pero al mismo tiempo adolorida y decepcionada de mí, porque sentía que le debía a Él mi placer, que esa era también una ofrenda.

Mi Amo debió percatarse de esto, porque me tomó por la cintura y me apartó con cuidado. Me tranquilizó puesto que había hecho lo que Él quería. Se movió para situarse sobre mi, levantó mis piernas colocando una y la otra a cada lado de su cabeza; sus manos sujetaron las mías contra la almohada  y entrelazó nuestros dedos. Me miró mientras volvía a unir nuestros cuerpos, en ese intervalo supe que mi historia acababa de ser reescrita, no habría un Antes de Él ni un Después, sólo Él.




Ignoro por qué, pero después llevé mis dedos a mi sexo y cuando volví a mirarlos estaban llenos de sangre. Estupefacta, porque creía que ya era imposible que eso pasara, se los mostré a mi Dueño; estallé en risas de alegría. Pero Él quiso comprobarlo de primera mano y me recostó nuevamente, abrió mis piernas. Sea lo que sea que la visión de la sangre despertó en su ser, no me lo esperaba. Comenzó a lamer y a succionar con verdadera necesidad mi sangre, como si estuviera sediento; con los labios y la barba teñidos de rojo, me besó. Quizás fue ese el beso más excitante de toda mi vida, porque el sabor de la sangre junto con el delicioso sentir de su boca despertó nuevas sensaciones en mí.


 Tras una exclamación, cuando el encanto de aquél beso aún pendía en el aire, aferró mis caderas, me empinó y esta vez fue Él quien me poseyó. Entró e mí con fuerza, adaptándose rápidamente a la estrechez de mi vagina que continuó penetrando sin dar tregua. Había dejado de ser el hombre atento que me recibió en un principio, pero no era como si alguien más hubiera llegado para ocupar su lugar, yo sabía que seguía siendo mi Amado pero estaba mostrando su verdadera apariencia, su ser amplificado. Y eso lo adoré, lo supe porque en cuanto comenzó a azotar mis nalgas no me asusté, el hecho me excitó más.

Pero mi Amo no había acabado allí, sin previo aviso me tumbó boca abajo contra las almohadas, separó mis nalgas y empezó a lamer mi ano.

-¡No!- fue lo primero que dije
-¿Por qué?
-A lo mejor no te gusta...
- Silencio

Y continuó. Lo hizo por largo rato, pero justo cuando estaba por comenzar a gozarlo se detuvo. Lo siguiente que sentí fue su miembro intentando entrar en mi ano, a lo cual mi cuerpo opuso natural resistencia, pero Él no desistió hasta que entró. El dolor era muy intenso, me arrancó gemidos muy fuertes mientras que mi Señor continuaba abriéndose paso hasta que hubo llegado al límite. Comenzó a moverse hacía afuera y a adentro de nuevo; el ritmo no era suave, eran embestidas demandantes, hasta que lo que empezó siendo  una tortura de forma repentina se volvió algo placentero. No, no había dejado de doler... Y me estaba gustando.

 

Gemía tan fuerte que seguramente más de uno habrá podido escucharme, pero era tan sexy. Me aferraba con uñas y dientes a la almohada.



- Me duele... - Repetía yo hacía el final. Y mi Amo se detuvo, salió de mi.
-¿Entonces por qué estas tan mojada?-

No supe que responder ya que tenía toda la razón. Sentía mis muslos húmedos y me reí. Estaba húmeda como nunca, roja, caliente.

 Permanecimos en silencio un par de minutos en los cuales tenía Él su mirada posada en mi rostro, estudiándome, yo, sonriente le dediqué una sonrisa y me pidió que fuera al baño a asearme. Podía percibir su preocupación, eso me conmovió.

Nos levantamos, Él fue a sentarse en una silla cerca de la cama; yo me subí sobre sus piernas mirándolo. Volvió a penetrar mi coño y aunque en esa ocasión entró muy fácil, seguía doliendo. No me importó, así que no nos detuvimos hasta que notamos que la silla no aguantaría demasiado.

Nuevamente apesadumbrada me dirigí a la ventana, cual era bastante grande y tenía una panorámica interesante con el famoso monumento del Ángel hasta el fondo. La luz azulada de los faroles iluminaba la habitación a oscuras.

- Lo siento, creí que dejaría de doler... - Musité
- No te preocupes.

Me abrazó por la espalda unos segundos, ya que casi de inmediato empujó mi cuerpo contra el frío cristal -las cortinas estaban descorridas-, levantó una de mis piernas por el muslo y volvió a penetrarme por el ano. Esta vez me gustó más, mi aliento empaño el vidrio. Puede que algún curioso estuviera observándonos en el edificio de enfrente, pero era una posibilidad que aumentaba mi morbo.



-Te mojas así cuando te cojo de esta manera porque fuiste hecha para mí. Eres perfecta... - Dijo Él entre suspiros. Y yo me sentí eufórica, era su mujer, suya.

1 comment:

  1. Dificilmente podría agregar algo más. Fue una noche maravillosa en el que nos confirmamos uno al otro cuanto nos complementabamos, cuanto eramos uno para el otro. Fue una noche perfecta que jamás olvidare y no existe otra que se le compare en mi saber.

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